Cuando los Cristianos ven el poder de Jesucristo manifestado como una realidad ante sus propios ojos, y en poder, les encanta testificar y compartir este conocimiento con otros, para que también ellos puedan encontrar fe en el Señor Jesús.
El Hermano Branham dijo: “Hay algo en cuanto al Evangelio, cuando oímos las buenas nuevas, nos gusta contarlo a otros, ¿verdad? Todo aquél que es salvo quiere compartirlo con alguien más”. ¿Crees Esto? 50-0716
Y así ocurrió ese día de agosto de 1947, cuando un joven estaba dispuesto a compartir su creencia personal en el Señor Jesucristo y de Su poder para sanar con las personas de su vecindad.
Habiendo visto tantos milagros en una reunión del Hermano Branham tan sólo unos días antes, él comenzó a invitar a las personas para que asistieran a las reuniones venideras que el Hermano Branham llevaría a cabo en su ciudad de Calgary Alberta.
Él llegó a la casa de un hombre francés-canadiense, del cual supo que no era Cristiano. Tocó el timbre, y cuando el dueño abrió la puerta, él le extendió la invitación a las reuniones que se llevarían a cabo en Calgary.
“¡Yo no creo en su Dios!”, exclamó el hombre con un tono fuerte y resentido.
Impactado por esta respuesta tan tajante, el hombre Cristiano preguntó el porqué de tal declaración.
“Pase y tome asiento. Quiero mostrarle algo”, replicó el francés-canadiense, haciendo entrar al joven a la sala. Él luego se excusó, para regresar en unos momentos trayendo de la mano una niña a la sala.
“¡Por esto es que yo no creo en el Dios suyo!”, exclamó el padre de la niña.
El joven Cristiano volvió la mirada a la niña. El cabello oscuro delineaba un rostro delicado de rasgos finos y una sonrisa tímida que se adueñaría del corazón de cualquier padre. Pero donde debían estar los ojos, había tan sólo cuencas vacías en la piel. ¡La niña había nacido sin ojos!
“¡Mire, pálpele el rostro!”, ordenó el padre. Incrédulo a sus propios ojos, el joven suavemente palpó la piel blanda bajo las cejas oscuras. Las cuencas vacías eran rígidas, siendo hueso cubierto de piel. “¿Qué piensa ahora de su gran Dios?”, preguntó el padre, con sarcasmo.
Impactado pero sereno, la fe del joven no flaqueó. Los milagros y las maravillas que había presenciado en las reuniones del Hermano Branham unos días antes, aún estaban frescas en su mente.
“Un hombre de Dios viene a Edmonton”, declaró el joven con mucho entusiasmo. “Déme el permiso y la llevo a las reuniones para que ore por ella. Yo creo que Dios verdaderamente le puede dar los ojos”.
Fue una declaración muy audaz, y aun mucho más difícil para el padre resentido aceptar. Él vaciló por un momento, pero luego dijo: “Bien, si ella recibe los ojos entonces creeremos en su Dios”.
Las reuniones vespertinas de Edmonton fueron en el coliseo, y en esos primeros días del ministerio del Hermano Branham, el edificio se llenó a capacidad mucho antes que el servicio comenzara. Cuando se dio inicio a la línea de oración, la niña ocupó su lugar en la larga fila que devanaba el interior del coliseo.
A medida que cada persona llegaba ante el profeta de Dios, sólo podemos especular de los pensamientos que pasaban por su pequeña mente, o en la de sus padres. Una madre o un padre se aferrarían sin duda alguna a cualquier pizca de esperanza que les fuera presentada. ¿Sería en realidad este Jesucristo del que este hombre les habló el Creador del Universo? ¿Crearía ese Dios ojos nuevos en estas cuencas vacías? ¿Lograría las oraciones de este hombre humilde traer a realidad semejante milagro?
Por fin llegó su turno. El hombre Cristiano estaba sólo a unos pasos, sobre la plataforma, ella fue traída frente al hombre de poca estatura y de escaso cabello, tenía una mirada amable que parecía penetrar hasta el alma misma. Pero ella no podía verlo, pues no tenía ojos para percibir su apariencia. No obstante, desde el momento que él le habló, todo su temor debe haber desaparecido, estando en la presencia de un amor más puro y fuerte que aun el de su propia amada madre.
El Hermano Branham oró por ella, pero, nada sucedió.