Aquel día fatal, el terremoto tan espantoso nos sorprendió al igual que a todos en Haití. El 12 de enero, a las cuatro y cuarenta y tres minutos de la tarde, me detuve en el minesterio de finanzas a recoger a mi esposa Martine en su lugar de trabajo, estaba muy contento y relajado. Hablábamos muy contentos camino a casa, esperando llegar a casa y escapar ese calor tan sofocante. Avanzábamos lentamente por un tráfico monstruoso cuando nuestro auto comenzó a mecerse de un lado a otro y en todo el rededor. El pánico se apoderó de nosotros al no saber qué movía el auto de esa manera. Levanté la mirada a tiempo para ver un edificio alto que parecía venir hacia nuestro auto. ¿Cómo era posible? Antes de que pudiera formular los pensamientos, el hierro produjo un sonido horroroso, el edificio se vino abajo sobre nuestro auto, sepultándonos bajo toneladas de ladrillo y de escombros de cemento y hierro puro.
En la conmoción, le clamamos a nuestro Señor Jesucristo: ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!, y esperamos la muerte. No podíamos respirar ni movernos. No había suficiente aire en el espacio tan limitado, podía ver que el auto era una gran masa de hojalata. Quise abrir la puerta pero estaba atascada. El auto se había convertido en una trampa. Invocando el Poder del DIOS TODOPODEROSO empujé el vidrio de la ventana del costado para así poder salir mientras mi esposa me llamaba a los gritos: ¡Velou, Velou!
Tan pronto salí del auto, tome el brazo de Martine y con todas mis fuerzas intenté liberarla del arrume de chatarra en el que había quedado el auto; nada cedía. Este trabajo probó ser demasiado para mí. No lograba nada y el poco aire en el auto se agotaba con cada segundo. Difícilmente podíamos respirar. Yo tenía que sacarla de allí y no había nadie que me ayudara. Comenzamos a orar. Invocamos a JESÚS, ¡POR FAVOR, SÁLVANOS! JESÚS, USA TU GRAN PODER Y LA FUERZA DE TU DIESTRA Y AYÚDANOS A SALIR DE ESTE AUTO Y DE ESTE HUECO. De repente mi esposa deshebilló el cinturón de seguridad y con una fuerza extraordinaria, la pude sacar de entre los escombros. Fue entonces que sentí un dolor terrible en el área de mi espalda y columna seguido por dos minutos de parálisis. Sin considerar el dolor, levanté a mi esposa y la saqué. Para las 6 PM fuimos llevados al parque allí cercano, donde ya había miles de victimas refugiados, exhaustos con los rostros bañados por el llanto de la indiferencia. Pasamos la noche con ellos, sentados en el suelo, cerca el uno del otro. Estábamos en una oscuridad total, la única luz venía de la luna, y cada comunicación no sólo era difícil sino casi imposible.
En todo esto, queremos agradecer y glorificar a NUESTRO DIOS Y SALVADOR, JESUCRISTO por preservar nuestras vidas. Damos testimonio de Su grandeza y Su misericordia. Por favor, ayúdennos a decir: ¡GLORIA! ¡GLORIA! ¡ALABANZAS! ¡ALABANZAS AL DIOS TODOPODEROSO, “…Porque Él nos ha hecho bien!”.
Que Dios los bendiga
P.D. “El edificio que nos cayó encima era el edificio de las Naciones Unidas”.