“Es verdad. Es la verdad. Cada palabra que él dice es verdad”.
El hombre toma en sus brazos a un niño pequeño de 6 años, levantándolo para que la audiencia vea.
“Aleluya. Jesús está en medio nuestro”.
“Aleluya. Amén”.
Una mujer llora. Otro grita histericamente.
“Yo creo. Yo creo”.
Las manos son levantadas. La gente se levanta de sus asientos. Todo ojo está enfocado en el hombre que habla desde la plataforma.
William Branham, “un hombre enviado de Dios”, está llevando a cabo la ceremonia de sanidad el segundo día en el auditorio Burlington Memorial, en un avivamiento evangelistico de tres días que se acerca a su fin.
Más de 400 personas escuchan mientras Branham habla.
Afuera, está lloviendo.
“Uds. son personas maravillosas”, dice él.
“Uds. piensan las cosas a fondo. Yo los amo. Somos hermanos”.
Branham se detiene.
“Vamos a orar. Yo sólo soy un predicador. Soy del vulgo y sin letras. Pero Dios me ha dado una manera de comunicarme con Uds.”.
Él se da vuelta hacia la audiencia, con las manos levantadas.
“¿Uds. creen”?
Cientos de manos son levantadas.
La ceremonia de sanidad está por comenzar.
“Estoy cansado, Señor. Nostálgico. No sé cuánto tiempo más pueda viajar. Eso depende de Ti, Señor. Conserva la fortaleza de mi cuerpo.
“Las armas están en manos del enemigo. En cualquier momento podría terminar todo. Una noche más y habré viajado de aquí, tal vez para nunca más regresar. Eso depende de Ti, Señor”.
Branham se detiene y se enfoca en la audiencia.
“El Señor está en medio nuestro”, grita él.
“Veo a una dama en la audiencia. Ella sufre de los ojos. Sufre de epilepsia. Señora, queda curada. Sólo tenga fe”.
La mujer salta a sus pies llorando histéricamente.
“Ud. se siente mejor, ¿no es así, señora?”.
“¡Sí! ¡Sí! Aleluya”. La conmoción viaja por la audiencia. Los rastros de la emoción y expectativa son visibles en todos los rostros.
Muchos que se frenaban ante el llamado de Branham, ahora levantaban las manos.
“¿Creen Uds.?”, clama él.
La mayoría responde:
“Creemos”.
Branham se concentra, señala a un joven en la primera fila. “Póngase de pie”, dice él.
El hombre se pone de pie.
“Ud. está preocupado. Ud. tiene un niño que sufre del corazón. A él lo han operado. Los médicos consideran que es incurable”.
El hombre tiembla. Irrumpiendo con gran emoción él clama: “Es verdad. Toda palabra”.
Él levanta a un niño de 6 años muy pequeño, desconcertado y medio dormido, para que la audiencia lo vea. “Él acaba de ser operado en el hospital de Boston. Le mostraré la cicatriz en su espalda a cualquiera. Créanle a este hombre, él dice la verdad”.
“No se preocupe por su niño”, dice Branham. “Tenga fe”.
“¿Cree Ud.?”, dice él.
La audiencia, ahora con un tono de fervor, responde a la vez.
“Yo creo”.
Una pareja anciana, sentados en la parte de atrás del auditorio, vacila, luego se ponen de pie lentamente y comienzan a caminar hacia el predicador. Otros dejan sus asientos para llenar el frente de la plataforma.
Muchos permanecen en sus asientos, vencidos por la emoción, con pañuelos en sus rostros. Algunos se ponen de pie con las manos al aire, tienen los ojos cerrados fuertemente, esperando alguna señal.
En la parte de atrás, las suaves tonadas de un himno vienen del piano en la plataforma.
Afuera, está lloviendo.