13/11/2017
Son vida

63 … las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.

Juan 6:63

A diario visito el sitio web branham.org para escuchar la Cita del Día. Cuando me levanto, procuro que sea lo primero que haga. Si el título de un testimonio me llama la atención, lo leo de inmediato; pero la mayoría de veces los leo semanalmente, cuando tengo varios para leer. Siempre regocijan mi corazón y pienso que desearía poder compartir un testimonio maravilloso al igual que esos creyentes. ¡Los testimonios constantemente me recuerdan lo privilegiada y bendecida que soy de formar parte de la Novia!

Hoy leí “La fe de un niño” y me acordé de un milagro similar que ocurrió hace veinte años cuando mis cuatro hijos (y espero un quinto) eran pequeños. 

Teníamos una perra llamada Tasha que estaba a punto de dar a luz. Todo comenzó una noche fría y ventosa de enero, en la que la temperatura era como de cuatro grados bajo cero. Todas las noches solía sacar a Tasha unos minutos y luego la regresaba a su jaula para que durmiera. Esa noche en particular, la saqué y luego me recosté para descansar, pero me quedé dormida toda la noche.

Como a las 5:00 a. m., me despertaron unos aullidos que jamás había escuchado. Entonces recordé que había olvidado entrar a Tasha la noche anterior. Bajé corriendo por las escaleras para revisarla. Cuando me asomé, vi que en ese frío extremo había dado a luz a sus cachorros, los cuales estaban tendidos en el patio trasero.

Llamé a gritos a mi esposo y a mi cuñado (quien se encontraba presente en ese entonces) para que me ayudaran. Reunimos a todos los cachorros. Había seis perritos congelados en el césped y uno muerto en la jaula. Estaba tan alterada que mi llanto despertó a mis cuatro hijos. Bajaron y, cuando vieron a los perritos muertos, los dos mayores —que en esa apoca tenían seis y cuatro años— miraron a su papá y dijeron: “Papi, solo ora, pon una cinta y los perritos van a mejorar”.

Así que lo hicimos. Colocamos a los perritos en una canasta al calor de una lampara y pusimos a sonar la cinta. Y todos ya deben saber qué pasó: al cabo de unos minutos los seis cachorros empezaron a llorar y moverse. Mi cuñado seguía cargando al perrito muerto y lo sacó para enterrarlo antes de que los niños se dieran cuenta. Unos minutos después entró corriendo y exclamó: “¡Este también está vivo!”. Sí, todos los siete perritos se salvaron.

Los llevamos con Tasha al veterinario, donde los alimentaron, los calentaron y los examinaron. Esa tarde los regresamos a casa. Cuando llegamos con los cachorros, todos los niños corrieron a verlos. Los observaron y comentaron: “¡Gracias, Jesús, por los perritos!”. Todos terminaron en buenos hogares, de los cuales tres eran creyentes. Aun me mantengo en contacto con las familias que adoptaron a los cachorros. Todos vivieron por lo menos dieciséis años.

Gracias,

La Hermana Pam

Albuquerque, Nuevo México

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