16/03/2017
La simiente de Abraham

“Él tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció sabiendo que lo había recibido como uno de entre los muertos; plenamente convencido de que si Dios le ordenó hacerlo, Él podía levantarlo de entre los muertos”. Ese es Abraham y esa es su Simiente que le sigue. Si esa fue la simiente natural, ¿qué debería ser la Simiente real? ¡Sin dudar! Lo que Dios dice, ¡Dios lo hará! Sabiendo que él estaba plenamente convencido de que Dios era capaz de hacer lo que había prometido.

Jehová Jireh, parte 3 (62-0707)

Esta hermana enfrentaba problemas de acné y un poco de timidez; pero, al igual que Abraham, llamó “las cosas que no eran, como si fuesen” y esto ciertamente produjo efecto. Nada le impidió pararse por lo que ella creyó.   

Me considero una persona que no se desenvuelve bien socialmente. Me esfuerzo al máximo, pero a veces me ruborizo al encontrarme con personas que conozco. Tristemente, eso me disgusta, pero no puedo evitarlo. Sin embargo, el Señor Jesús vino a la escena para ayudarme.  

En enero asistí a un seminario por motivo de trabajo. Me encontraba en un salón lleno de gente, esperando en una fila. Una mujer que conozco pasó junto a mí, así que saludé con una sonrisa. Inmediatamente después de saludarme, me miró y preguntó: “¿Qué pasa con tu rostro?”. Verán, ese día enfrenté una verdadera cuestión de vanidades ilusorias. Lo único que pude contestar fue: “Yo sé que Dios ya me sanó”. Ella ignoró mi comentario e indagó: “¿Es rosácea?”. Respondí: “No sé, pero…”. Me interrumpió: “¿Vas ir al dermatólogo?”.

Siempre que empezaba a mencionar al Señor, me callaba con preguntas. Entonces ocurrió algo. No fui yo, sino el Señor Jesús. Dije: “Fui a ver al gran Médico”. Seguro no escuchó o ignoró la palabra “gran”, pues se mostró muy interesada. Preguntó: “Oh, ¿y qué dijo?”. Respondí: “Por Sus llagas, ¡fui curada!”. Su rostro se demudó con desconcierto, me dio unas palmaditas en el brazo y se alejó.

Gloria a Dios. Queridos hermanos y hermanas, no fui yo. ¡Él intervino en la situación para ayudarme con ese golpe definitivo! Oro por esa querida señora; ¡sencillamente no conoce lo que yo tengo!

Después, pasé junto a ella y su amigo en la fila del almuerzo. Me observaron extrañados, intercambiaron miradas y me dieron la espalda. Pero, ¿saben qué? ¡Todo el día me sentí feliz! En ningún momento agaché la cabeza. Normalmente el diablo me hubiera derrotado diciendo: “¿Sí ves? Todos se dan cuenta de lo que tienes”. Pero ese día no fue así.

Soy una simiente real de Abraham, por Su Gracia, sin vacilar en la promesa de Dios. Todo el honor y gloria es para Él.

Dios los bendiga,

La Hermana Christina

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