27/11/2018
Liberada, parte 2

37 porque nada hay imposible para Dios.

Lucas 1:37

A continuación, leerán la conclusión del testimonio de la Hermana Lisa.

Llegamos a la iglesia y estacionamos. Salí del carro y sentí tranquilidad en mi corazón; era algo inexplicable.

Antes de entrar a la iglesia, pensé: “Tengo tanto odio y amargura en mi corazón, le pediré perdón a Dios”. Cuando subía las escaleras, sentí que caminaba en nubes y escuché un sonido apacible. Era la melodía del piano y me conmoví demasiado. Cuando llegamos a nuestros asientos, empezaron a cantar en español y fue lo más hermoso que había escuchado.

No entendía lo que cantaban, pero se oía muy reconfortante y tocó mi corazón. Cuando la adoración concluyó, el ministro pasó adelante y empezó saludando a la congregación y luego dijo: “Hoy hablaré sobre el perdón”. Pensé: “¡Vaya! ¿Cómo está sucediendo esto?” No le conté a Marcos ni a nadie de mi deseo.

Así que estaba muy conmovida y, mientras escuchaba, él dijo algo en particular que me dolió y habló a mi corazón: “¿Cómo puede usted pedir perdón cuando ni siquiera puede perdonar?”. Eso golpeó muy fuerte mi corazón. ¡No podía dejar de llorar! Pues era la verdad; sentía mucho odio hacia mis padres y mi abuela y estaba llevando una vida decadente. La predicación terminó y empezó la oración de clausura. En ese momento, con los ojos cerrados, perdoné a todos los que me lastimaron, me liberé de todo el odio y dolor que había en mi corazón y pedí perdón. Me sentí libre.

Sentí que algo salió de mi cuerpo. En seguida noté una sensación de ardor directamente en mi corazón y entonces Algo entró. Por un momento me pareció que volaba, que estaba elevada del suelo. En ese entonces no sabía qué me había pasado; pero, ahora lo sé y creo con todo mi corazón que en ese instante esta Escritura se cumplió:

26 Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.

27 Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.

Ezequiel‬ ‭36:26-27

En cuanto la oración terminó, bajamos para confraternizar. Aun no entendía lo que me había pasado. Quería preguntarles a todos: “¿No sintieron lo que acaba de ocurrir? ¿No les ardía el corazón allá adentro? ¿También sintieron que volaban?”.

Pero me contuve, pues todos se veían normales y no estaban en el mismo espíritu que yo. Luego del compañerismo, Marcos me llevó a casa, mientras yo seguía intentando procesar lo que había pasado.

A la mañana siguiente, me llamó para que nos reuniéramos. Cuando nos encontramos, él quería abrazarme y besarme, pero yo lo detuve y le dije: “¡No me toques!”. Algo me ocurrió y empecé a llorar. Le comenté: “Me pasó algo en la iglesia y, lo que sea que fue, quiero continuar con eso. Deseo ser una Cristiana y no puedo seguir así contigo”.

Me alejé en mi auto mientras ¡alababa al Señor y lloraba! Llegué a un semáforo y un carro se detuvo junto a mi y un hombre me miró como si estuviera loca, pero no me importó, pues estaba loca por el Señor. Estaba enamorada de Su Presencia.

Nunca me había sentido tan feliz en la vida. Cuando llegué a casa y entré a mi habitación, me pareció que mis pertenencias eran muy impuras, así que arrojé al suelo todas las cosas mundanas: el maquillaje, la música, los pantalones, las minifaldas y los pantalones cortos.

Cubrí todo con una manta y ¡salté encima gritando de gozo! Mi mamá entró y preguntó: “¿Qué te pasa?”. Le contesté: “Mamá, estoy muy feliz. ¡Soy libre y amo demasiado al Señor!”. Ella contestó: “Mmmm… voy a llamar a tu hermana”.

Bueno, esa noche, Marcos me escribió para preguntarme si estaba bien y si necesitaba algo. Le pregunté si podía hablar con su papá y él organizó el encuentro.

Mi suegro repasó la Biblia desde Génesis hasta Apocalipsis y me habló de la Simiente de la Serpiente; yo acepté y creí cada Palabra que escuché de la Biblia.

Fue un momento hermoso para mí, pues después de hablar de la Biblia, me preguntó qué quería del Señor. Lo único que quería era rendirle mi vida y servirle por el resto de mi vida.

Todos nos paramos en círculo, nos tomamos de las manos y oramos. Ese fue un momento muy especial para mí.

Tres semanas después, asistí a un campamento de jóvenes en Phoenix, Arizona, donde me bauticé. Sé que Dios es real, pues tenía el deseo en mi corazón de ir a este campamento de jóvenes y logré reunir el dinero suficiente para asistir; valió la pena cada centavo.

Fui más que bendecida en el campamento. El último día, el líder de los jóvenes se me acercó y comentó: “Estaba buscándola, pues el Señor me dijo que le entregara esto”. Me devolvió el dinero que había pagado por el campamento.

Han pasado siete años. Una jornada, un camino que no es fácil. Pero, no lo reemplazaría por nada. Amo este Mensaje del tiempo del fin y prefiero servir al Señor con todo mi corazón que estar allá afuera como un prisionero del mundo.

He visto lo que el mundo puede ofrecer y no se compara en nada al Amor de Dios. En ningún momento busqué a Dios. Pensaba que la vida que llevaba era la única que podía tener. Nunca imaginé que un día entraría a la iglesia y ¡Dios abriría mis ojos para mostrarme que hay más!

En el Mensaje Desde entonces, el Hermano Branham dice:

Pero hay un lugar en que un hombre puede venir, un tiempo, que lo cambiará para siempre, por la Eternidad. “El que a Mí viene, no le echo fuera”, dijo Jesús. Un hombre puede venir a Dios y todo su destino Eterno cambia. Y un hombre puede encontrarse con Dios, y nunca volverá a ser el mismo. Ud. no puede encontrarse con Dios y seguir siendo la misma persona de antes.

Y desde entonces (59-1231)

La experiencia de mi vida me confirma eso. Desde el día en que tuve mi Reunión con Él, nunca he sido la misma. Él me cambió por completo y he perdido todo deseo por lo que amaba en el mundo. Dios los bendiga.

La Hermana Lisa

Estados Unidos