03/08/2020
Los seres queridos

No hay mayor deseo en nuestros corazones que ver a un ser querido salvo y lleno del Espíritu Santo. Esta jovencita, una hermana de Gabón, tenía el deseo de que su familia se apartara del sistema denominacional y abriera sus corazones al Mensaje de la hora. Sus oraciones recibieron respuesta en la Pascua pasada.

Les escribo hoy para compartir mi testimonio. Sé que será un poco extenso, pero quiero darles todos los detalles de lo que experimenté durante este fin de semana de Pascua, puesto que considero que todos esos pormenores demuestran una vez más el Amor de Dios por mí.

Todo comenzó, unos días antes del fin de semana de Pascua. Entré a Facebook y encontré un enlace para registrar el número de WhatsApp de VGR. Así que lo registré. Poco después leí la carta del Hermano Joseph, en la que hablaba del fin de semana de Pascua y daba las instrucciones y demás detalles. En ese momento sentí como si "un abismo llamara a otro abismo", pues fue como si algo se encendiera en mí. Pensé: "Bueno, voy a seguir este programa y mejor aún, voy a ayunar todo el fin de semana".

Desde ese momento, me emocioné mucho. Estaba tan entusiasmada por el fin de semana que tenía que hablar al respecto. Mi corazón estaba tan rebosante de gozo que tenía que compartirlo con alguien. Pensé en llamar a un hermano para contarle lo emocionada y entusiasmada que me sentía por el fin de semana. El hermano me respondió y me dijo por enésima vez lo bueno que es escuchar al profeta, pues, aunque había estado en el Mensaje durante varios años, aún me costaba mucho escuchar al Hermano Branham.

A mitad de semana, recibí una carta de VGR del Hermano Joseph, por medio de WhatsApp. De nuevo me llené de felicidad, pues era el primer mensaje que recibía de VGR, y también por la carta. Así que la leí en voz alta para que mi hermanita también pudiera escuchar. Ella también decidió ayunar y orar durante el fin de semana.

Entonces llegó el viernes. Estaba tan emocionada de empezar que apenas pude dormir por la noche. Así que empecé a orar muy temprano. Con tanta emoción, olvidé seguir el consejo del Hermano Joseph, de apagar el teléfono para evitar distracciones, otro hermano también me lo había dicho. Había decidido seguir la cadena de oración en el horario local y también en el horario de Jeffersonville. Todo marchaba bien desde que comencé mi primera oración en la madrugada hasta exactamente las 9:00 a. m. (hora local para comenzar la cadena de oración), entonces sonó mi teléfono. Decidí responder porque era mi tía la que llamaba y pensé que debía ser algo importante.

Después de explicarme por qué llamó, me encargó algo para la casa. Amablemente, le comenté que había decidido dedicarle este fin de semana a Dios y, por lo tanto, no podía hacerlo. Así que sugerí que lo hiciera otra persona. Ella aceptó.

Casi tres horas después, por alguna razón, decidí ir a la sala, donde encontré a mi madre discutiendo con mi tía, la que me había llamado antes. Así que decidí encontrar una solución, ya que se trataba de la sugerencia que había dado anteriormente. Desafortunadamente, la situación se tornó tan incómoda que mi tía me culpó. Empecé a llorar. Me desanimé demasiado y finalmente decidí dejar el ayuno y la oración. Pero en ese momento sentí en mi corazón una voz apacible diciéndome que no me detuviera: "Continúa y no olvides que allí ves a muchos Cristianos que aún no han empezado”. Así que me recuperé. Desde ese momento hasta el sábado por la noche, todo marchó muy bien por la gracia de Dios, que se encargó de despertarme unos minutos antes de las horas de oración cuando me quedaba dormida por un rato. Y sin una alarma.

El sábado por la noche, estaba en el segundo día de ayuno y me sentía muy débil. Tenía dolores fuertes de cabeza, un dolor de muelas que hasta me hacía doler los oídos, y también me dolía mucho el estómago. Me sentía tan mal que no sabía si terminar el ayuno. Estaba escuchando el sermón Vuelve tu mirada a Jesús y al final de la predicación, el Hermano Branham pidió a los enfermos y a los que querían ser recordados, que levantaran la mano. Lo cual hice.

Unos minutos más tarde, me levanté recuperada y empecé a alabar y a danzar. Me sentí renovada. Desde el viernes, el Señor me dirigió a escuchar el sermón en la sala, aunque aquí eran las doce en punto cuando empezaba cada sermón. El sábado después de la oración, antes de la medianoche, estaba sentada mirando la hora a la que empezaba el sermón, cuando vi a mi madre entrar a la sala y sentarse. En mi corazón empecé a decirle al Señor: "Por favor, permite que papá le deje escuchar la predicación”. Lo cual hizo por exactamente 14 minutos y luego me dijo que se iba a acostar.

Me entristeció un poco y pensé: "Señor, hágase Tu voluntad. Pero, Señor, me gustaría que ella regresara para escuchar la predicación”. Un poco más tarde vi a mi madre volver a la sala y me comentó que tenía dolor de cabeza. Fue a la cocina a buscar agua y a tomar unas pastillas, y en lugar de regresar a su habitación, se sentó en la sala y escuchó la predicación hasta el final.

El domingo Dios nuevamente fue bondadoso conmigo. Mamá es una católica devota que siempre está a la defensiva cuando alguien le habla del Mensaje. En mi casa, aunque viven muchas personas, solo mi hermana menor y yo creemos - el Mensaje. Así que tenía miedo de comentarle a mi mamá que escucháramos el sermón del domingo en familia. Tuve que armarme de valor para decirlo y, para mi gran sorpresa, aceptó sin problemas. Por la gracia de Dios escuché el sermón del domingo con toda mi familia, hasta mis hermanitas y mi hermano tomaron apuntes.

Para mí, la mejor parte fue cuando todos nos tomamos de las manos para la oración final. Así de bendecido fue este fin de semana de Pascua para mí.

Que Dios los bendiga.

La Hermana Murielle,

Gabón, África